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“El Vuelo 666 a la Oscuridad (y al galley trasero)”

Era una noche como cualquier otra… bueno, no, peor: vuelo nocturno de 12 horas en un Airbus A330, con pasajeros dormidos, luces tenues y ese olor misterioso a café recalentado mezclado con sopa instantánea.

Lucía, tripulante veterana, y Marcos, su compañero nuevo, estaban asignados al galley trasero. Todo tranquilo… hasta que la máquina de café empezó a encenderse sola.

—¿Tú la encendiste? —preguntó Lucía.
—No… creo que el avión tiene sed —contestó Marcos, nervioso, mirando cómo el vapor salía solo.

De repente, una voz por el interfono sonó desde la parte delantera:

“¿Pueden traerme una sopa… de almas?”

Silencio.

Lucía se quedó congelada. El capitán estaba dormido. El sobrecargo también. Nadie debía estar hablando por el interfono.

Marcos, intentando bromear, dijo:
—Seguro es el pasajero 31A, el que pidió 5 mantas y aún tiene frío en el alma.

Pero entonces… el horno empezó a sonar “BEEP BEEP BEEP” y la pantalla mostraba:

“COCCIÓN COMPLETA: FANTASMA A320.”

—Eso ni siquiera existe… —susurró Lucía.

De repente, la puerta del horno se abrió sola y salió un pañuelo de uniforme antiguo, con las iniciales de una aerolínea desaparecida hace años.

Marcos, ya pálido:
—Lucía… ¿no decías que este avión antes volaba para “AeroDelMiedo”?

Los dos se quedaron mirando el pañuelo cuando, sin previo aviso, las luces de cabina parpadearon, y el altavoz de emergencia sonó con una voz distorsionada:

“Tripulación… aseguren la cabina… estamos por entrar a la turbulencia del más allá…”

Ambos corrieron al jumpseat trasero, gritando, pero Lucía, intentando mantener la calma profesional, gritó con su mejor tono de PA:

“Estimados pasajeros, por favor mantengan la calma… y si ven algo flotando en el pasillo, no lo toquen.”

El avión se sacudió violentamente… el galley se iluminó en rojo… y por unos segundos vieron una sombra con gorra de sobrecargo antiguo, haciendo el demo de seguridad, pero en versión infernal:

“Las salidas de emergencia están… donde yo decida…”

Y justo cuando el pánico llegaba al máximo… todo se apagó.

Silencio. Oscuridad total.

Hasta que se escuchó un “¡Boo!” detrás.

Lucía pegó un grito y tiró el café encima de Marcos.
Era el sobrecargo real, que había decidido hacerles una broma de Halloween con la luz UV del galley y un viejo uniforme de museo.

Lucía, empapada y furiosa:
—¡Te juro que el próximo check de seguridad lo haces tú solo, en el baño del medio, a las tres de la mañana!

Marcos, riendo nerviosamente:
—Bueno… al menos sobrevivimos al vuelo 666.

Desde entonces, el horno trasero sigue encendiéndose solo… pero solo cuando alguien dice:

“Una sopa de almas, por favor.”

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